Medicinas Naturales – Afecciones y su tratamiento por medio de las plantas

La naturaleza es magnifica y generosa. Se nos ha ofrecido para vivir en ella y poderla utilizar mejor. Angustiados, perdidos y desorientados en un mundo vertiginoso y de laboratorio, ignoramos lo que nos puede dar.
Si los egipcios, griegos y romanos ya nos enseñaron el arte de utilizar el poder benéfi­co y maléfico de las plantas, también nuestros abuelos supieron leer la naturaleza. Respetuosos del pasado, habían conservado iodos los secretos de las plantas que embe­becen, calman, alivian y curan el cuerpo del nombre. Nada inventaron; no eran ni médi­cos ni brujos, pero sabían. Observadores, prácticos y ahorradores, podían reconocer, entre mil, las plantas que necesitaban en cada caso, cogerlas en el momento preciso, secarlas a la sombra, conservarlas en botes ¿oropiados, clasificarlas por especies, dosifi­carlas y administrarlas en cada enfermedad.

En nuestros días, la industria farmacéuti­ca también se sirve de las propiedades curativas de las plantas para preparar medicamentos. Pero sería terrible que su única finalidad fuera la fabricación e industrialización ce medicamentos. Felizmente, desde hace algunos años, ha vuelto a surgir la tendencia a curar las enfermedades con plantas, cuyo uso provoca menos efectos secundarios que los medicamentos de naturaleza química.
La utilización progresiva de la fitoterapia puede ayudar cara al futuro a encontrar nuevas estrategias terapéuticas con efectos lentos pero seguros, de fuerte impacto psico­ lógico apoyado en los lazos profundos que unen al hombre con las plantas.

Absceso

Se denomina absceso a una acumulación de pus que se desarrolla en los tejidos del organismo, ya sea la piel u órganos como el hígado, los pulmones, el cerebro, etc.
El absceso caliente es una bolsa que presenta un enrojecimiento de la piel y una elevación de la temperatura, y que a veces produce un dolor muy intenso. En cambio, el absceso frío es indoloro y la región tumefacta no presenta ninguna modificación térmica.
Los abscesos constituyen el signo de afectaciones generalmente muy importantes y que requieren el cuidado de un especialista. Por ejemplo, el absceso frío constituye frecuentemente el signo de una tuberculosis ósea, y la colección de pus que invade los tejidos tiene como origen el hueso o la articulación afectados.
La mayor parte de abscesos requieren un análisis de sangre, que permitirá localizar el origen y aplicar la terapéutica adecuada. El diagnóstico de la diabetes se hace a menudo gracias a análisis prescritos por causa de abscesos.
No hay que confundir los abscesos con los furúnculos.

Tratamientos para el Absceso

Además de la enfermedad que los produ­ce y que conviene tratar según las indicaciones de un médico, los abscesos pueden ser curados localmente. Sin embargo, los cuida­dos que usted puede aportar se limitan a las ataplasmas y a las compresas calientes, que harán madurar al absceso con mayor rapidez. La absorción de agua arcillosa tam­poco será inútil. También se pueden utilizar cataplasmas de arcilla o de col.

Acidosis

Bajo este termino se designa una toxemia general del organismo producida por una falta de eliminación de aminoácidos.
Según algunos autores, sería una de las principales causas de artrosis y aparece en los individuos cuya alimentación está mal equilibrada y las funciones de eliminación perturbadas.
Durante la juventud, el organismo exige una considerable cantidad de prótidos para hacer frente a las necesidades del crecimiento.
Durante la madurez las necesidades de prótidos son mucho menos importantes.

¿Qué ocurre si se consume un exceso de proteínas?


Durante la digestión, los jugos digestivos trocean la albúmina de los prótidos para transformarla en aminoácidos; éstos son utilizados para formar los elementos nece­sarios para la reconstrucción celular. El hí­ gado modifica los aminoácidos en urea, que a su vez será transformada por los riñones para ser eliminada.
Si el hígado es sobrecargado, agotado, por un consumo excesivo de prótidos, los aminoácidos no pueden ser transformados en urea y son directamente transportados hacia los riñones.
Entonces, los riñones humanos no pueden transformar los aminoácidos en urea, tal como hacen los riñones de los carnívoros, como los perros. Por otra parte, este es el argumento del que se sirven los vegetarianos para afirmar que la carne es nefasta para el hombre.
Esta acidez vuelve, pues, a los humores y a la circulación linfática, tal como lo hace el aceite en un motor.

La acidosis, responsable de la desmineralización


En una primera fase, el organismo, toda­vía sano, libera sus bases, sus minerales, para devolver el equilibrio al pH del organismo. Se produce, pues, una desmineralización. Según la pérdida de diversas sales minerales, principalmente el calcio, el fós­foro, el azufre y el yodo, esta acidosis pro­ducirá enfermedades carenciales, entre las que el reumatismo constituye uno de los ejemplos más ilustrativos, ya que es debido a la fuga de estos componentes indispensa­bles para el hueso.

Tratamientos

Cuando un enfermo tiene acidosis, hay que combatirla neutralizándola con elemen­tos alcalinos, antiácidos o con una cura de remineralización (sales minerales, vitami­nas). Preventivamente, hay que favorecer, mediante una higiene de vida equilibrada y sana, la eliminación de toxinas por las vías naturales: piel, riñones, pulmones e intestinos.

ACNE


Es una enfermedad con formas muy diversas y cuidadosamente clasificadas. Evi­dentemente, no todas tienen la misma grave­dad.
El acné —palabra griega ligeramente deformada (“akné”) que significa “floreci­miento”— es ante todo una afección benigna de la pubertad. Su aparición corresponde a los trastornos hormonales de los que son víctimas las chicas y los chicos cuando dejan atrás la infancia para convertirse en adolescentes. Sin duda, pero no hay ninguna prueba que permita afirmarlo.
Simplemente, se constata que, en algunas personas, la revolución de la pubertad se acompaña de la desgraciada afloración de granos del “acné juvenil” y en cambio otras no sufren este proceso, sin que la razón de ello se conozca con certeza.
Como consecuencia de ello, resulta muy difícil hablar de “enfermedad”. Algunos mé­dicos con sentido del humor no han dejado de afirmar: “Lo que es asombroso no es que algunos adolescentes tengan acné, sino que no lo tengan todos…” He aquí, pues, un motivo para animar a los muchachos y muchachas afligidos por el brote rojizo del acné juvenil: los anormales son los otros.


Pero el mayor consuelo es que, a menos que cometan errores llenos de consecuencias (rascarse frecuentemente con uñas sucias, lavarse sólo de vez en cuando…), sus “gra­nos” desaparecerán por sí solos.
Esquemáticamente, se puede afirmar que el acné corresponde siempre a un exceso de grasa. En contra de lo que afirman ciertas publicidades, la grasa —secretada por las glándulas sebáceas situadas en la dermis, la capa más profunda de la piel— no tiene como función la alimentación de estos seres muertos que son los pelos y los cabellos.


El sebo es una grasa que remonta por los poros, frecuentemente a lo largo de la raíz de un pelo, hasta alcanzar la epidermis. ¿Cuál es la causa de ello? Proteger a la piel del frío y de los distintos agresores que amenazan el organismo. En el caso del acné juvenil, los poros se llenan de sebo y aparecen unos puntos negros (la extremidad del filamento de sebo que sobra, se oxida al contacto con el aire), después la piel brota: se infiltran estafilococos (microbios del pus) en la zona, ocasionando minúsculas supuraciones que se secan muy pronto.


Desgraciadamente hay que admitir que, en algunos casos, el empeoramiento escapa a las posibilidades de prevención. La enfer­medad, a menudo localizada inicialmente en el rostro, en el cuello y en la parte superior del tórax, se extiende repentinamente a todo el cuerpo.
El acné “queloideo”: aparecen verda­deros furúnculos, principalmente en la nuca, forman placas y después se endurecen; se observan entonces queloides (rodetes pareci­dos a cicatrices en relieve, que no desapare­cen, ni siquiera con la ablación quirúrgica, ya que vuelven a surgir).
El acné “conglobata”: puede manifestarse por todo el cuerpo; surgen abscesos profun­dos a partir de los puntos negros y de mini­pústulas que después se convierten en quis­ tes en los que se acumula una mezcla de pus y de sebo; finalmente, sobre estos quistes se forman fístulas que tardarán años en curar­se.


Tanto en un caso como en otro, las secuelas de la enfermedad son indelebles. Los desgraciados, que exhibirán durante toda su vida los queloides, no tienen nada que envidiar a los señalados con la “pequeña viruela” de los conglobatas. Por ello, cuando un niño empieza a presentar acné, nunca está de más la consulta a un especialista, aunque sólo sea por razones “morales”. Efectivamente, aceptar sin ansiedad ni ver­güenza los primeros “granos” de acné favorece muchas veces su rápida desaparición.

Tratamientos


Cuide ante todo la higiene personal: aire libre, ejercicios físicos y, particularmente, la higiene de la piel. Utilícense jabones derma­tológicos ácidos y desinféctense las pústulas con lociones sulfurosas, alcohol alcanfora­do, o agua mineral con sal o vinagre. Man­ténganse siempre las manos limpias y las uñas impecables. El tratamiento más impor­tante reside en un estricto régimen. Evítense los alimentos grasos, el cerdo y los pescados azules, los crustáceos y las conservas. Suprí­manse las carnes con salsas, la charcutería, las especias, el pan, la repostería, el chocola­te y los quesos fermentados.